jueves, 22 de febrero de 2024

“El crimen fue en Granada” de Antonio Machado


El poema titulado “El crimen fue en Granada” del español Antonio Machado, es un lamento por la muerte de Federico García Lorca, quien fue asesinado durante la Guerra Civil Española. El poema consta de tres partes que abordan diferentes aspectos del evento y su significado.

En la primera parte, “El crimen”, Machado describe el momento del asesinato de Lorca. Utiliza imágenes para retratar la escena: “Se le vio, caminando entre fusiles, / por una calle larga, / salir al campo frío, / aún con estrellas de la madrugada”. El poeta destaca la cobardía de los verdugos al no atreverse a mirar a su víctima a los ojos: “El pelotón de verdugos / no osó mirarle la cara”. Y señala la tragedia de que el crimen haya ocurrido en Granada, la tierra natal de Lorca.

En la segunda parte, “El poeta y la muerte”, Machado personifica a la muerte como una compañera: “Se le vio caminar solo con Ella, / sin miedo a su guadaña”. El poeta dialoga con la muerte, reconociendo su presencia constante en su obra y en su vida. Lorca expresa su conexión con la muerte a través de su poesía, incluso en este momento final, mientras camina hacia su destino.

En la tercera parte, Machado hace un llamado a construir un monumento en honor a Lorca en el Alhambra, el icónico palacio en Granada. Propone que este monumento se erija sobre una fuente para que el agua pueda llorar eternamente la pérdida del poeta. Esta parte cierra el poema reafirmando el lugar del crimen y lamentando que haya ocurrido en Granada: Se le vio caminar… / Labrad, amigos, / de piedra y sueño en el Alhambra, / un túmulo al poeta, / sobre una fuente donde llore el agua, / y eternamente diga: / el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!”

lunes, 12 de febrero de 2024

“Casa Tomada” de Julio Cortázar

El cuento “Casa tomada de Julio Cortázar narra una historia que fusiona lo cotidiano con lo sobrenatural. Originalmente publicado en el libro “Bestiario” (1951), nos introduce en la vida de dos hermanos, Irene y el narrador sin nombre, quienes cohabitan una imponente mansión heredada de sus ancestros: “Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia”.

Irene y el narrador son presentados como seres introvertidos y aferrados a sus rutinas domésticas: “Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio”. Estas actividades cotidianas adquieren un valor simbólico, reflejando la resistencia al cambio y la búsqueda de estabilidad en un mundo en constante transformación: “Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa”.

El escenario de la casa se ve sacudido por la irrupción de lo inexplicable, una presencia misteriosa que va reclamando paulatinamente territorio dentro de sus confines: “Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación”.

Los protagonistas se ven forzados a una retracción gradual, confinados en un espacio cada vez más reducido hasta que, en un acto de desesperada resignación, se ven obligados a abandonar su hogar: “No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada”.

Finalmente, la casa, que antes era un refugio, se convierte en un espacio amenazante que los expulsa, obligándolos a enfrentar lo desconocido fuera de sus confines familiares: “Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada”.


domingo, 11 de febrero de 2024

“Los dos miedos” de Ramón de Campoamor

El poema “Los dos miedos” de Ramón de Campoamor profundiza en la complejidad de las relaciones interpersonales. A través de sus versos, se presenta una dualidad emocional: por un lado, el anhelo de cercanía y conexión emocional; por otro, el miedo a la pérdida de autonomía y a sufrir daño. Esta dualidad se acompaña del temor al aislamiento y la soledad, creando un dilema sobre cómo mantener la propia identidad sin perder la conexión con el otro.

Inicialmente, el hablante lírico describe el comienzo de la noche y cómo su ser amado le ruega que se aleje, expresando así un miedo hacia la proximidad: "Al comenzar la noche de aquel día, / ella, lejos de mí, / «¿Por qué te acercas tanto? -me decía-, / ¡Tengo miedo de ti!»". Esta primera manifestación de miedo puede interpretarse como el temor a la vulnerabilidad que surge al permitir que alguien se acerque demasiado.

En contraste, la segunda estrofa sugiere un cambio en la percepción del miedo a medida que pasa el tiempo (representado por el paso de la noche): "Y, después que la noche hubo pasado, / dijo, cerca de mí: / «¿Por qué te alejas tanto de mi lado? / ¡Tengo miedo sin ti!»". Este segundo miedo puede interpretarse como el temor a la soledad, a la falta de conexión y apoyo emocional con la persona que se aleja.

El poema, en su conjunto, enfatiza la importancia de comunicar y comprender los temores y preocupaciones dentro de las relaciones para fortalecer los lazos emocionales y prevenir malentendidos. Campoamor nos invita a reflexionar sobre la necesidad de equilibrar nuestra necesidad de independencia con el deseo de intimidad, resaltando la comunicación abierta y la empatía como pilares para construir relaciones saludables y duraderas.

jueves, 8 de febrero de 2024

Una efímera reflexión sobre “Todas Las Hojas Son Del Viento” de Luis Alberto Spinetta

 

En la letra de la canción “Todas las hojas son del viento”, del legendario músico argentino Luis Alberto Spinetta ofrece, desde un principio, un tono de cuidado y protección hacia el nuevo ser: “Cuida bien al niño / Cuida bien su mente / Dale un Sol de enero / Dale un vientre blanco / Dale tibia leche de tu cuerpo”. En estas líneas, Spinetta subraya la importancia de un entorno amoroso para el crecimiento saludable del niño, evocando imágenes de ternura.

La metáfora recurrente de las hojas y el viento sirve como un recordatorio constante de la impermanencia de la vida: “Todas las hojas son del viento / Ya que él las mueve hasta en la muerte / Todas las hojas son del viento / Menos la luz del Sol / Menos la luz del Sol”. Spinetta nos invita a reflexionar sobre el constante flujo de cambio y transformación que caracteriza nuestra existencia. Sin embargo, en medio de esta efímera realidad, sugiere la presencia de algo eterno y constante simbolizado por la luz del Sol, que destaca como una excepción en el devenir de la vida.

A medida que la canción progresa, Spinetta dirige su atención hacia la responsabilidad de la maternidad y paternidad, y la importancia de criar a los hijos con sabiduría y amor: “Hoy que un hijo hiciste / Cambia ya tu mente / Cuídalo de drogas / Nunca lo reprimas / Dale el áurea misma de tu sexo”. Aquí, nos alerta sobre los peligros del mundo moderno y nos insta a brindar a nuestros hijos el cuidado y la orientación necesarios para su crecimiento y desarrollo.

Para concluir, “Todas las hojas son del viento”, a través de sus poéticas letras y melódica música, Spinetta nos recuerda la belleza frágil de la vida y la importancia de vivirla plenamente mientras estamos aquí: “Todas las hojas son del viento / Ya que él las mueve hasta la muerte / Todas las hojas son del viento / Menos la luz del Sol / Menos la luz del Sol”.


miércoles, 7 de febrero de 2024

La presión social y su impacto en la construcción de la identidad

 

En el contexto actual del mundo, donde las redes sociales y la presión social tienen un papel destacado, y a menudo, perjudicial en la construcción de la identidad y la autoimagen, el cuento “La rana que quería ser una rana auténtica” del escritor guatemalteco Augusto Monterroso, cobra una relevancia particular. La rana, que busca constantemente la validación externa para sentirse “auténtica”, refleja la ansiedad, la debilidad de carácter y la inseguridad que pueden surgir cuando se depende demasiado de la opinión de los demás para definir el propio valor.

En su búsqueda, la rana primero recurre a un espejo, esperando encontrar en su reflejo la autenticidad anhelada: “Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad”. Sin embargo, esta búsqueda resulta efímera, ya que el reflejo en el espejo no le proporciona una autenticidad duradera.

Posteriormente, la rana se dirige hacia la opinión de los demás como un medio para validar su identidad: “Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente”. Aquí, Monterroso destaca la influencia de las percepciones externas en la construcción de la autoimagen.

El relato subraya la obsesión de la rana con su apariencia física, especialmente sus piernas: “Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas”. Esta obsesión la lleva a extremos peligrosos, ya que sacrifica sus propias ancas para complacer a los demás, y termina tristemente siendo comparada con el sabor de un “pollo”.

Para concluir, “La rana que quería ser una rana auténtica” de Monterroso sirve como una alegoría sobre la importancia de la autoaceptación y la resistencia a la influencia negativa de las opiniones externas en la construcción de la identidad.

martes, 6 de febrero de 2024

El cuento “Naturaleza muerta” de Rubén Darío

A menudo, nuestras percepciones pueden engañarnos, y el cuento titulado “Naturaleza muerta” del nicaragüense Rubén Darío es un claro ejemplo de cómo las apariencias pueden ocultar la auténtica realidad.

El relato juega con esta idea de la apariencia engañosa desde el principio. La descripción detallada y sensorial, hábilmente construida por el narrador, nos seduce, haciéndonos creer que estamos ante una escena de belleza natural y vida. Las lilas y las rosas emanan frescura y vitalidad: “Las lilas recién cortadas resaltaban con su lindo color apacible, junto a los pétalos esponjados de las rosas de té”. Las frutas, por su parte, parecen tan reales que casi podemos saborearlas: “Junto al tiesto, en una copa de laca ornada con ibis de oro incrustados, incitaban a la gula manzanas frescas, medio coloradas, con la pelusilla de la fruta nueva…”

Sin embargo, la revelación final de que todo es artificial sirve como un giro inesperado que cambia completamente nuestra visión de la escena: “Acerquéme, vilo de cerca todo. Las lilas y las rosas eran de cera, las manzanas y las peras de mármol pintado y las uvas de cristal”. Aquí surge una pregunta: ¿Qué tan confiables son nuestras percepciones en un mundo donde la artificialidad puede ser tan convincente como la realidad misma?

Este contraste entre lo que parecía ser y la verdad nos invita a reflexionar sobre la capacidad del arte para imitar la vida. Además, nos incita a cuestionar la autenticidad de lo que consideramos bello y valioso en el mundo que nos rodea. ¿Cuántas veces damos por sentado lo que vemos sin indagar más allá de la superficialidad?


lunes, 5 de febrero de 2024

Gracias a la vida por darnos a Violeta Parra

Violeta Parra, ícono indiscutible de la música y la poesía latinoamericana, legó al mundo un vasto repertorio de composiciones que trascienden generaciones. Entre estas piezas emblemáticas, se encuentra la letra “Me gustan los estudiantes”, un himno a la juventud comprometida con la justicia social, la libertad y el conocimiento. A través de metáforas y referencias poéticas, Parra elogia a los estudiantes como agentes de cambio y progreso en la sociedad.

En los versos iniciales, Parra destaca la valentía y la determinación de los estudiantes, quienes no se amedrentan ante la represión ni la violencia: “Que vivan los estudiantes / Jardín de nuestra alegría / Son aves que no se asustan / De animal ni policía. Y no le asustan las balas / Ni el ladrar de la jauría / Caramba y sambalacosa / ¡qué viva la astronomía!” Los compara con aves que no temen a los depredadores ni a la persecución, enfatizando su espíritu libre y combativo.

A lo largo de la canción, la autora elogia la rebeldía y la curiosidad intelectual de los estudiantes, quienes cuestionan las normas establecidas y buscan nuevas experiencias y conocimientos: “Me gustan los estudiantes / Que rugen como los vientos / Cuando le meten al oído / Sotanas y regimientos”. Los describe como “pajarillos libertarios” y como la “levadura del pan que saldrá del horno”, resaltando su papel en la transformación de la sociedad.

Parra también elogia la diversidad de talentos y habilidades entre los estudiantes, reconociendo su potencial para contribuir en diferentes campos como la ciencia, el derecho, la literatura y la medicina. Además, de su capacidad para enfrentar la injusticia y abogar por un cambio social significativo.

Al finalizar la canción con el grito "¡Qué viva toda la ciencia!", Parra subraya la importancia del conocimiento y la educación en la construcción de un mundo más justo y equitativo. En este sentido, la canción manifiesta la vital importancia de cultivar el pensamiento crítico, la búsqueda incansable de la verdad y el anhelo por un mundo más humano y solidario.

Escuchar la canción en la voz de Mercedes Sosa: 



domingo, 4 de febrero de 2024

“Para envejecer juntos” de Félix Grande

La vejez puede ser vista como una oportunidad para el crecimiento personal, pero también puede traer consigo dificultades como la pérdida de habilidades físicas, la soledad y el enfrentamiento con la propia mortalidad. En este contexto, el poema “Para envejecer juntos” de Félix Grande ofrece una reflexión poética sobre el proceso de envejecer compartido en el contexto de una relación amorosa.

Inicialmente, en el poema se habla de la unión física y emocional de la pareja mediante el gesto de cogerse las manos: “Para envejecer juntos nos cogemos las manos, / yo miro tu sonrisa, tú miras mi tristeza; / irán saliendo arrugas en mi alma y tu cabeza /y canas sobre nuestros espíritus humanos”. Aquí, se expresa la inevitabilidad de las marcas del tiempo en sus almas y cuerpos.

Asimismo, el hablante lírico plantea la imagen de una vigilia compartida en la que ambos serán testigos del paso del tiempo: “idéntica vigilia caerá en nuestras historias: / ver al tiempo ir cerrando una a una las ventanas, / me sonreirás lo mismo que todas las mañanas / y será como un ramo de flores mortuorias”. Se visualiza al tiempo cerrando las ventanas de sus historias, pero a pesar de ello, la rutina de las mañanas y las sonrisas persistirán, comparando esta continuidad con un ramo de flores mortuorias, sugiriendo la paradoja de la vida y la muerte coexistiendo.

Por otro lado, el hablante lírico también anticipa el futuro en el que su pareja se convertirá en un recuerdo para él, mientras que él será la nostalgia en la frente de su amada: “tú eres ese recuerdo que he de tener un día, / yo soy esa nostalgia que poblará tu frente / cuando ya sea un anciano, amada, anciana mía”. La relación se proyecta hacia la vejez, con el uso de términos como “anciano” y “anciana”, destacando la duración del compromiso.

El poema concluye, con la reflexión del hablante sobre el futuro: “pienso en ese futuro tranquilo y arrugado / como en dos viejos libros qua ya no lee la gente, / con tanto como habrán, en silencio, aguardado”. La metáfora de dos viejos libros que ya no leen las personas sugiere que su historia, aunque envejecida, contiene experiencias significativas. El silencio y la espera añaden un matiz de paciencia y resignación ante lo inevitable.

 

sábado, 3 de febrero de 2024

“Para entonces” de Manuel Gutiérrez Nájera

 

La muerte, ese fenómeno omnipresente en la experiencia humana, ha sido tema recurrente en la literatura a lo largo de los siglos. El escritor mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, destacado exponente del modernismo literario, no fue ajeno a esta reflexión. En su poema “Para entonces”, el autor nos sumerge en una meditación profunda sobre el fin de la vida.

El poema comienza con el deseo del autor de morir en un momento específico: “Quiero morir cuando decline el día, / en alta mar y con la cara al cielo; / donde parezca sueño la agonía, / y el alma, un ave que remonta el vuelo”. Esta elección meticulosa del escenario no es casual; Gutiérrez Nájera busca simbolizar la transición entre la vida y la muerte como un vuelo del alma, una experiencia que se asemeje a un sueño etéreo.

En los versos siguientes, el poeta anhela enfrentar la muerte en absoluta soledad, acompañado únicamente por la grandiosidad de la naturaleza: “No escuchar en los últimos instantes, / ya con el cielo y con el mar a solas, / más voces ni plegarias sollozantes / que el majestuoso tumbo de las olas”. Esta soledad frente a la magnificencia del entorno natural subraya la intensidad del momento final y la inevitable realidad del destino humano.

La siguiente estrofa nos presenta una imagen poética de la muerte como el ocaso del día: “Morir cuando la luz, triste, retira / sus áureas redes de la onda verde, / y ser como ese sol que lento expira: / algo muy luminoso que se pierde”. Aquí se evoca una sensación de belleza y luminosidad en el acto de morir, como algo que se pierde pero deja una huella duradera en el universo.

Para concluir, Gutiérrez Nájera reflexiona sobre la juventud y la fugacidad de la vida. Expresa su deseo de morir joven, antes de que el tiempo corrompa la belleza y la esencia misma de la existencia: “Morir, y joven: antes que destruya / el tiempo aleve la gentil corona; / cuando la vida dice aún: «soy tuya», / aunque sepamos bien que nos traiciona”. Aunque reconoce la traición inherente de la vida, el poeta busca capturar ese momento efímero en el que la vida aún se muestra complaciente.

viernes, 2 de febrero de 2024

El poema “Sensación de regreso” de Francisco A. de Icaza


El año pasado se cumplió una década desde la partida de mi madre, y es innegable que su influencia aún perdura en cada decisión que tomo. El poema “Sensación de regreso” del mexicano Francisco A. de Icaza, ejemplifica este sentimiento, al ser un emotivo retrato que evoca la conexión emocional entre el poeta y su madre, así como su reflexión sobre la vida y la muerte.

En la fase inicial del poema, el poeta nos presenta su trayectoria como un “bohemio errante”, que ha recorrido diversos lugares, desde los “soles de Oriente” hasta “las brumas del Norte”. Esta introducción nos sitúa en el contexto de un viaje físico y emocional, donde la madre se convierte en una imagen permanente en la mente del poeta, incluso en la distancia.

A medida que avanza el poema, la conexión emocional se refleja en la percepción del “azul de unos ojos” y “lo diáfano de un verso”, evocando el recuerdo materno. Además, a través de los “aromas de tus campos”, muestra cómo incluso en los momentos más difíciles, la figura materna puede ser reconfortante y evocadora.

Con tristeza, el poeta aborda su estado de enfermedad y su anhelo de reunirse con su madre antes de su inevitable partida: “Hoy, enfermo y cansado, temí que mis despojos, / con las manos cruzadas y cerrados los ojos, / llegaran hasta ti; por eso vine antes, / para mirar de nuevo tus estrellas radiantes”. Asimismo, se reflexiona sobre la transformación simbólica de la muerte en vida a través de la metáfora de la carne y los huesos convertidos en rosas: “Arrópenme con tierra tus manos amorosas, / el rictus de mi boca han de borrar tus besos, / la savia de mi carne y el polvo de mis huesos /renacerán en rosas”.

El poema concluye con un mensaje de consuelo para la madre, simbolizado por la dualidad de los “zarzales” que representan tanto el dolor como la belleza que emergen de la conexión eterna entre ambos: “Madre, madre, no llores. Si mi cuerpo sepultas / y ves brotar zarzales, será, ¿no lo adivinas? / que mis penas ocultas / renacen en espinas; / pero también en flores”.

jueves, 1 de febrero de 2024

Encuentro divino con María Elena Walsh

Celebremos el amor a través del poema “Ahora” de María Elena Walsh, en el cual se expresa la presencia trascendental de un ser querido, simbolizado como un ángel: “Ahora como un ángel apareces / y me rodeas sin decirme nada. / Ángel que yo cuidara tantas veces / sin saberlo, callada”. El ángel emerge como una figura protectora y redentora, presente de manera inadvertida pero constante en la vida del yo lírico.

Siguiendo este tema, el poema describe cómo el ángel está inmerso en todos los aspectos de la vida del hablante: “En todo lo que miro permaneces / como el aire feliz de la mirada. / Me parezco a tu ausencia y te pareces / a mí resucitada”. Estas líneas profundizan en la conexión entre el yo lírico y el ángel, evidenciando una interdependencia emocional y espiritual entre ambos.

Además, a través de metáforas como la mirada y la luz que transforma la noche en día, la poetisa intensifica la emoción del encuentro: “Porque viniste cuando me moría / a devolverme a vivas caridades; / porque mi noche muda se hizo día”. Estos versos transmiten la idea de que el ángel llega en un momento crítico, ofreciendo salvación y transformación.

Finalmente, en la última estrofa, el poema alcanza un clímax emocional. El yo lírico declara abiertamente su amor y entrega al ángel: “por gracia de tu voz iluminada, / en esta eternidad con que me invades / yo que no era, soy tu enamorada”. Este pasaje manifiesta una unión trascendental y una gratitud infinita por el renacer que el ángel ha traído consigo.

 

Tiempos difíciles

  El poema “Todas las preguntas tienen respuesta” , de Armando Alanís Pulido, es un reflejo de nuestra realidad actual lleno de dudas, críti...