La muerte, ese fenómeno omnipresente en la experiencia humana, ha sido tema recurrente en la literatura a lo largo de los siglos. El escritor mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, destacado exponente del modernismo literario, no fue ajeno a esta reflexión. En su poema “Para entonces”, el autor nos sumerge en una meditación profunda sobre el fin de la vida.
El poema comienza con el deseo del autor de morir en un momento específico: “Quiero morir cuando decline el día, / en alta mar y con la cara al cielo; / donde parezca sueño la agonía, / y el alma, un ave que remonta el vuelo”. Esta elección meticulosa del escenario no es casual; Gutiérrez Nájera busca simbolizar la transición entre la vida y la muerte como un vuelo del alma, una experiencia que se asemeje a un sueño etéreo.
En los versos siguientes, el poeta anhela enfrentar la muerte en absoluta soledad, acompañado únicamente por la grandiosidad de la naturaleza: “No escuchar en los últimos instantes, / ya con el cielo y con el mar a solas, / más voces ni plegarias sollozantes / que el majestuoso tumbo de las olas”. Esta soledad frente a la magnificencia del entorno natural subraya la intensidad del momento final y la inevitable realidad del destino humano.
La siguiente estrofa nos presenta una imagen poética de la muerte como el ocaso del día: “Morir cuando la luz, triste, retira / sus áureas redes de la onda verde, / y ser como ese sol que lento expira: / algo muy luminoso que se pierde”. Aquí se evoca una sensación de belleza y luminosidad en el acto de morir, como algo que se pierde pero deja una huella duradera en el universo.
Para concluir, Gutiérrez Nájera reflexiona sobre la juventud y la fugacidad de la vida. Expresa su deseo de morir joven, antes de que el tiempo corrompa la belleza y la esencia misma de la existencia: “Morir, y joven: antes que destruya / el tiempo aleve la gentil corona; / cuando la vida dice aún: «soy tuya», / aunque sepamos bien que nos traiciona”. Aunque reconoce la traición inherente de la vida, el poeta busca capturar ese momento efímero en el que la vida aún se muestra complaciente.

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