El cuento “Casa tomada” de Julio Cortázar narra una historia que fusiona lo cotidiano con lo sobrenatural. Originalmente publicado en el libro “Bestiario” (1951), nos introduce en la vida de dos hermanos, Irene y el narrador sin nombre, quienes cohabitan una imponente mansión heredada de sus ancestros: “Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia”.
Irene y el narrador son presentados como seres introvertidos y aferrados a sus rutinas domésticas: “Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio”. Estas actividades cotidianas adquieren un valor simbólico, reflejando la resistencia al cambio y la búsqueda de estabilidad en un mundo en constante transformación: “Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa”.
El escenario de la casa se ve sacudido por la irrupción de lo inexplicable, una presencia misteriosa que va reclamando paulatinamente territorio dentro de sus confines: “Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación”.
Los protagonistas se ven forzados a una retracción gradual, confinados en un espacio cada vez más reducido hasta que, en un acto de desesperada resignación, se ven obligados a abandonar su hogar: “No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada”.
Finalmente, la casa, que antes era un refugio, se convierte en un espacio amenazante que los expulsa, obligándolos a enfrentar lo desconocido fuera de sus confines familiares: “Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada”.

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