sábado, 21 de diciembre de 2024

La soledad de la muerte


 Gustavo Adolfo Bécquer, en su poema “Rima LXXIII”, reflexiona sobre la muerte y, en particular, sobre la soledad que la acompaña. Desde el inicio, el poeta nos sumerge en la escena de un velorio: los ojos del fallecido se cierran, su rostro es cubierto con un lienzo, y los presentes, entre lágrimas o en silencio, abandonan lentamente la habitación. Bécquer describe:“Cerraron sus ojos / que aún tenía abiertos, / taparon su cara / con un blanco lienzo, / y unos sollozando, / otros en silencio, / de la triste alcoba / todos se salieron”.

En este punto, la escena refleja un claro contraste entre la vida que continúa afuera y el abandono silencioso del cuerpo en el lecho de muerte. El poeta, testigo del momento, lanza un pensamiento que resuena como un eco a lo largo del poema:¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”

Esta frase, repetida casi como una súplica, no solo refleja la ausencia de los vivos alrededor del cuerpo, sino que también revela la tristeza y el desconcierto que produce imaginar la muerte como un aislamiento total, tanto físico como espiritual.

Más adelante, en la segunda parte del poema, Bécquer detalla el traslado del cuerpo al templo. Allí, el féretro queda rodeado de velas y paños negros. Inicialmente, la capilla está llena de rezos y murmullos, pero poco a poco el lugar queda completamente vacío, sumido en un silencio sepulcral. El ambiente oscuro y frío intensifica la sensación de abandono:“De un reloj se oía / compasado el péndulo, / y de algunos cirios / el chisporroteo”.

A continuación, el poeta nos lleva al momento del entierro. La piqueta del sepulturero, que abre y sella el nicho, simboliza la rutina y la indiferencia. Mientras el difunto queda olvidado bajo tierra, el sepulturero se aleja, cantando entre dientes, como si la muerte fuera un simple trámite más:“La piqueta al hombro / el sepulturero, / cantando entre dientes, / se perdió a lo lejos.”

Finalmente, Bécquer recuerda a la persona fallecida durante las frías noches de invierno. La imagina sufriendo el frío dentro del nicho, abandonada y expuesta a la indiferencia del tiempo y de la naturaleza. Este pensamiento angustiante lleva al poeta a plantearse preguntas existenciales sobre el destino del alma y el significado de la muerte:“¿Vuelve el polvo al polvo? / ¿Vuela el alma al cielo? / ¿Todo es sin espíritu, / podredumbre y cieno?”

En este punto, Bécquer no ofrece respuestas definitivas. Por el contrario, deja en el lector la inquietud de lo inexplicable: el abandono, la soledad y el misterio insondable que rodea a la muerte.




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