En la actualidad, vivimos en un mundo donde las apariencias suelen ser más importantes que la autenticidad. Esto se evidencia en canciones como “Plástico”, de Willie Colón y Rubén Blades, cuya letra critica una sociedad que valora más lo superficial que lo esencial. De manera similar, esta problemática se refleja en el cuento “El concierto” de Augusto Monterroso, que plantea temas como las relaciones familiares, las expectativas sociales y la falta de sinceridad en el reconocimiento artístico.
El cuento, narrado desde la perspectiva de un padre que asiste al recital de piano de su hija, muestra su lucha interna entre el deber de apoyarla y su desconexión con el mundo del arte. Desde el inicio, el narrador admite que no le interesa el arte: “Nunca he sido un amante del arte. Si a mi hija no se le hubiera ocurrido ser pianista, yo no tendría ahora este problema”. Aunque reconoce que la música es hermosa, confiesa que no le importa y le aburre. En cambio, su verdadero interés está en el mundo de los negocios, donde se siente seguro y realizado, mientras que el arte le resulta extraño y vacío.
Además, la relación con su hija está llena de contradicciones. Aunque la acompaña en su carrera artística, también siente resentimiento hacia ella: “Si no fuera porque es mi hija, confesaría que la odio”. Este sentimiento, por un lado, surge de la presión de apoyarla y, por otro, de la incertidumbre sobre si el talento de su hija es genuino o simplemente un reflejo de su poder como empresario: “Jamás podemos saber con certeza, ni ella ni yo, lo que en realidad es, lo que efectivamente vale”.
Por otro lado, el cuento también critica la hipocresía que rodea al mundo del arte y, en general, a las relaciones sociales. Los amigos del narrador aplauden no por verdadera admiración, sino por temor a desagradar: “Mis amigos más cercanos han aprendido que la frialdad en el aplauso es peligrosa y puede arruinarlo”. Incluso los críticos de música son retratados como oportunistas, capaces de oscilar entre la adulación y la crítica, según sus intereses.
A pesar del esfuerzo y talento de la hija, ella no encuentra consuelo ni en los aplausos ni en las críticas positivas. Su inseguridad la consume, llevándola a llorar incluso después de recibir elogios: “Finalmente, terminará llorando con un llanto desconsolado e infinito”.
En este contexto, el narrador, a pesar de su poder en el mundo de los negocios, se siente completamente incapaz de ofrecerle a su hija el apoyo emocional que necesita: “Con todo mi poder, soy incapaz de hacerla pensar que verdaderamente es una buena pianista”. Esto resalta el contraste entre el éxito material y la incapacidad de resolver conflictos personales.
Finalmente, mientras la música comienza, el narrador se resigna a participar nuevamente en esta cadena de falsedades: "Pronto sus dedos largos y armoniosos se deslizarán sobre el teclado, la sala se llenará de música, y yo estaré sufriendo una vez más".

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