Las personas que viven en condiciones de pobreza suelen ser olvidadas y marginadas. La falta de oportunidades, la soledad y el desprecio de los demás las condenan al olvido, como si no existieran. Esto refleja una triste tendencia humana: dividir y excluir. Aunque no es un problema nuevo, el cuento “La mata” de Tomás Carrasquilla nos narra la historia de María Engracia, una mujer que vive en la miseria y el abandono, pero que encuentra consuelo y esperanza en una planta.
Desde el principio, el cuento nos muestra la soledad de la protagonista: “Vivía sola, completamente sola, en un cuarto estrecho y sombrío de cabo de barrio”. La repetición de “sola” deja claro lo aislada que está. María Engracia, que en su juventud fue hermosa y tuvo admiradores, ahora sufre el desprecio y el olvido: “De aquella hermosura soberana, que vio a sus plantas tantos adoradores, no le quedaba ni un celaje”. Además de la pobreza, enfrenta el hambre y la tristeza de no tener a nadie con quien compartir su vida: “Esta necesidad de un ser a quién amar, con quién compartir la negra existencia; esta soledad de la vejez, no podía, no era capaz de arrostrarla".
Su vida cambia cuando encuentra una planta que alguien dejó abandonada en la calle: “Tomó ella la raíz, sembróla en un cacharro desfondado y lo puso en un rincón, junto a la entrada”. Cuidar de esa planta se convierte en su única alegría: “Regarla, quitarle las hojas secas, ponerle abono, era su dicha; una dicha muy grande y muy extraña”. Para ella, la planta es más que un ser vivo: es compañía y esperanza.
Poco a poco, su relación con la mata la transforma. Su cuarto, que antes era oscuro y sucio, comienza a verse ordenado y limpio: “Su mata la iba volviendo al trato con las gentes; le iba dando nombre. Ya no se sentía tan despreciada ni tan abatida”. Incluso las personas del barrio empiezan a visitarla solo para ver la belleza de la planta. María Engracia también recupera su fe, sintiendo que todo es un milagro: “Todo era un milagro, un milagro que le hacía nuestro Padre Jesús de Monserrate, por medio de la mata”.
Sin embargo, su felicidad no dura mucho. El dueño del cuarto, que no entiende lo importante que es la planta para ella, la destruye sin piedad: “Arremete a bastonazos contra cacharro, flores y follaje. Tira todo a la calle y hace sacar los muebles enseguida”. Esta pérdida es demasiado para María Engracia. La llevan al hospital, y en sus últimos momentos, en medio del delirio, ve su planta como un símbolo de entrada al cielo: “Ve su mata frente a su cama, como el arco de triunfo para entrar al paraíso”.
Finalmente, muere tranquila, creyendo en la misericordia de Dios.

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