La manera en que lo fantástico se manifiesta en la obra del escritor uruguayo Felisberto Hernández es distinta a lo convencional. Esto es evidente en su cuento “La casa de Irene”, incluido en su libro "Libro sin tapas", publicado en 1928. En este relato, la casa de la protagonista, Irene, trasciende la función de simple escenario. Los objetos que la habitan, como el piano, el paño verde y las sillas, se convierten en entes vivientes con personalidades propias, adaptándose a los estados emocionales de Irene.
El cuento se desarrolla a través de una serie de visitas que el narrador, en primera persona, hace a la casa de Irene. Cada una de estas visitas desvela aspectos más profundos de un "misterio blanco", término que sirve de metáfora para describir la singularidad de Irene y su entorno.
Irene, descrita por el narrador como aparentemente normal, revela a través de sus interacciones cotidianas -desde tocar el piano hasta conversar- un encanto único y una conexión especial con su ambiente: “Cuando toma en sus manos un objeto, lo hace con una espontaneidad tal, que parece que los objetos se entendieran con ella”. Los objetos cotidianos adquieren personalidades y significados únicos en su presencia.
El relato también aborda la tensión entre el deseo y la pasividad. El narrador, atraído por Irene, se encuentra en un estado de reluctancia para avanzar más allá de una admiración silenciosa, a pesar de los indicios de un amor mutuo: “Me parece que Irene me ama; que a ella también le parece que yo la amo y que sufre porque no se lo digo. Yo también tengo angustia por no decírselo, pero no puedo romper la inercia de este estado de cosas”. Esta dinámica confiere al cuento una atmósfera de deseo no realizado.
Conforme progresa la narración, el narrador se obsesiona con los detalles que rodean a Irene, como las sillas de su casa, las cuales parecen poseer distintas personalidades: “La silla era de la sala y tenía una fuerte personalidad. La curva del respaldo, las patas traseras y su forma general eran de mucho carácter. Tenía una posición seria, severa y concreta”. Cómo Hernández lograr poetizar sobre las cosas, es alucinante
Hacia el final, el narrador actúa impulsivamente, lo que provoca un cambio drástico en su percepción de Irene y su mundo: “No me explico cómo cambié tan pronto e inesperadamente yo mismo; cómo se me ocurrió la idea de las manos y la realicé; cómo en vez de seguir recibiendo la impresión de todas las cosas, yo realicé una impresión como para que la recibieran los demás”. Este giro marca un cambio en la relación del narrador con el “misterio blanco”, pasando de la fascinación a una posible desilusión.
Finalmente, el narrador reflexiona sobre su obsesión y la transformación que ha experimentado. El misterio que lo atrajo inicialmente hacia Irene se disipa, dejando tras de sí una sensación de vacío: una vez desvelado el misterio, la realidad puede perder su encanto.

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