viernes, 13 de diciembre de 2024

Un canto al despojo: la esencia efímera del ser


El poema “Canto” de la escritora argentina Silvina Ocampo nos habla sobre la identidad, el despojo y la fugacidad de la existencia. Desde el inicio, la voz poética establece un sentimiento de desposesión: “¡Ah, nada, nada, es mío! / ni el tono de mi voz, ni mis ausentes manos”. Esta afirmación deja claro que el yo no tiene control ni propiedad sobre lo que parece pertenecerle.

Este sentimiento de desposesión se profundiza cuando la autora se compara con elementos como los reflejos o los ecos, símbolos de algo que solo existe en relación con otro: “Soy como los reflejos de un lago tenebroso / o el eco de las voces en el fondo de un pozo”. De esta manera, se refuerza la idea de que nuestra identidad no es autónoma, sino que se construye a partir de las experiencias, las personas y los lugares con los que interactuamos.

En esta línea de pensamiento, la noción de cambio y transformación atraviesa todo el poema. El yo poético se describe como algo que, al igual que el agua o el cristal, puede adoptar múltiples formas: “como el agua o el cristal / que se transforma en cualquier cosa, / en humo, en espiral, / en edificio, en pez, en piedra, en rosa”. Esta plasticidad de la identidad muestra que no somos una esencia fija, sino seres en constante evolución.

Asimismo, el poema plantea cómo la memoria y las emociones construyen lo que somos. La voz poética se define por los lugares que ha amado, las personas que ha detestado e incluso por los aromas que dejaron una huella imborrable: “Soy todos los lugares que en mi vida he amado. / Soy la mujer que más he detestado, / y ese perfume que me hirió una noche / con los decretos de un destino incierto”. Aquí, la identidad aparece como un collage de vivencias y sentimientos que, aunque efímeros, dejan marcas indelebles en el ser.

En este punto, se hace evidente que el despojo también implica aceptar la fugacidad de la vida y de todo lo que parece ser parte de nuestra existencia: “Soy todo lo que ya he perdido. / Mas todo es inasible como el viento y el río, / como las flores de oro en los veranos / que mueren en las manos”. Estas imágenes refuerzan cómo lo que tocamos o vivimos, por más hermoso que sea, es temporal y se desvanece con el tiempo. La pérdida, entonces, no solo es inevitable, sino también constitutiva del ser.

Hacia el final, la autora subraya que todo lo vivido—lo hermoso, lo doloroso e incluso las palabras del poema—son cosas que no puede retener ni hacer completamente suyas. En la línea “ni las palabras de mi canto”, nos recuerda que incluso su creación, sus palabras, escapa de su control.


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