En el sistema capitalista actual, el afán por adquirir bienes materiales y acumular capital consume, con frecuencia, la esencia misma de la humanidad. En este sentido, la lógica del consumo y la propiedad transforma a las personas en guardianes de lo propio, promoviendo la separación entre individuos y fomentando la desconfianza, el egoísmo y la competitividad. En este contexto, Rafael Barrett, en su texto Gallinas, expone cómo la obsesión por poseer destruye la tranquilidad y transforma las relaciones humanas en fuentes constantes de conflicto.
Para ilustrar esta idea, el texto relata la experiencia del narrador, quien inicialmente era feliz con solo un catre y unos libros. Sin embargo, esa paz se quiebra cuando adquiere unas gallinas. Desde ese momento, con el objetivo de protegerlas, comienza a construir barreras tanto físicas como emocionales: ata a las aves, refuerza el cerco de su patio y, al mismo tiempo, divide el mundo entre “yo, dueño de mis gallinas” y “los demás, posibles ladrones”. En consecuencia, este afán por proteger lo propio lo lleva a percibir a los otros como amenazas, lo que convierte una situación aparentemente sencilla en una cadena de conflictos y resentimientos.
Además, la situación se complica aún más con la intervención de su vecino, cuyo gallo y pollos cruzan el cerco. Este hecho desata disputas por los huevos, enfrentamientos por los animales y, finalmente, una escalada de violencia que culmina con la muerte de un pollo ajeno. Como resultado, el narrador se convierte en objeto de rechazo social. Paralelamente, a medida que el conflicto crece, también lo hace su paranoia: el cerco, que inicialmente parecía suficiente, ya no basta, por lo que considera necesario aumentar la vigilancia y adquirir un arma. En su obsesión por proteger lo suyo, el narrador llega a una conclusión desgarradora: ha perdido su humanidad. Así lo expresa con contundencia: “Antes era un hombre. Ahora soy un propietario”.
En efecto, Barrett utiliza esta historia sencilla como una crítica a la lógica de la propiedad. De hecho, el cerco que construye el narrador no solo lo separa físicamente de los demás, sino que simboliza las barreras emocionales y sociales impuestas por la premura de poseer. Al final, lo que buscaba para mejorar su vida termina llevándolo a la paranoia y el odio, convirtiendo su existencia en un verdadero campo de batalla.

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